Hay milagros que son Historia, veréis
Como Carlos I de Austria había nacido en Gante (Bélgica) a los habitantes de los Países Bajos les pareció tan normal tenerlo como rey pero al heredar el trono Felipe II, que era de Valladolid y no hablaba una palabra de flamenco ni se dignó siquiera a pasarse por allí, les entró una desafección que se convirtió en total enemistad al extenderse el luteranismo. Los tercios marcharon a poner una pica en Flandes en defensa de los católicos, que le habían pedido auxilio debido al hostigamiento que sufrían por parte de los protestantes. Sus enemigos eran ingleses y holandeses, superiores en número y armamento aunque los españoles les aventajaban en su fe en la divina providencia; celebraban misa diaria y tenían por costumbre comulgar antes de entrar en combate, con lo que marchaban a la guerra convencidos de que nada podía fallar.
El 7 de diciembre de 1585, el tercio Viejo de Zamora se encontraba en una situación realmente crítica. Estaba rodeado por un ejército muy superior que dominaba los lugares estratégicos, controlaba la costa con una flota que imposibilitaba que pudieran recibir refuerzos y en tierra, les habían forzado a retroceder a base de cañonazos hasta una depresión del terreno desecada por un dique. Cuando les tuvieron en la boca del lobo les bastó con abrir las compuertas para volcar sobre ellos el agua de un pantano que les arrasó con la fuerza de un tsunami. Cada uno de los soldados tuvo que luchar por su vida hasta la extenuación, dejando en el esfuerzo las provisiones, gran parte de sus pertrechos y sacos llenos de pólvora mojada, logrando sobrevivir de puro milagro. Los protestantes llevaban las de ganar pero quiso la providencia que un pequeño montículo, coronado por la ermita de Empel, sirviera de tabla de salvación al abatido ejército español que se puso momentáneamente a salvo, aunque continuaran siendo un blanco fácil por estar sitiados en una elevación del terreno, rodeados de agua por todas partes. El enemigo, viendo que no se habían ahogado como esperaban, se apresuró a disponer la artillería para freirlos a cañonazos, instantes que el tercio empleó en picar frenéticamente el suelo para poder atrincherarse en los hoyos, excavados in extremis como último recurso.

Estaban en esas cuando un soldado encontró una tabla policromada de la Inmaculada Concepción, de escuela flamenca, su carita estaba coronada por una gran aureola de plata con ribetes dorados. ¿Para qué quieres más? ¡Se les abrió el cielo! Aquel hallazgo les permitía rezarle a la virgen para rogarle que no les hicieran mella aquellas mortíferas andanadas. La maternal protección de María (y la poca efectividad de la artillería de aquella época) les permitió seguir con vida hasta la caída de la noche. Al día siguiente les esperaba una dura jornada pues a sus calamidades habrían de añadirse el hambre, el frío y los catarros producidos por el viento polar que invadió la región.
Algunos soldados, incapaces de conciliar el sueño, murmuraban en la oscuridad de la noche. No entendían cómo se las iba a apañar Dios para sacarles de aquel mal paso. Hasta un milagro tan prodigioso como el paso del Mar Rojo les parecía insuficiente para enderezar la situación puesto que los hebreos no tenían un centenar de piezas de artillería apuntándoles ni le castañeteaban los dientes a Moisés a causa de estar aterido de frío. Si conseguían sobrevivir a las bajas temperaturas de aquella noche de perros, al amanecer tendría que suceder algo sobrenatural para que pudieran salir de allí medianamente airosos. Tan portentosa tendría que ser la intercesión divina que arqueaban las cejas torciendo el gesto como diciendo «no sé yo…»
– No le des más vueltas, Prudencio, ni se te ocurra dudar de Dios precisamente ahora que tanto le necesitamos, no vaya a ser que, además de las cuitas que padecemos, nos caiga un castigo divino por culpa de tu poca fe. No nos faltaba más que eso. Dios proveerá.
– No, no, si no es poca fe, Benigno, es simple curiosidad porque no veo yo la manera…
Aunque amanecieron con la piel amoratada por la helada que había caído y la escarcha les diera un aspecto tan sepulcral que parecían más muertos que vivos, la esperanza es lo último que se pierde. Alguien propuso la posibilidad de entrar en calor combatiendo entre ellos hasta exterminarse mutuamente para así, al menos, morir con honor, a todos les pareció lo más razonable dadas las circunstancias, así que se prepararon para la lucha. Estaban prestos ya a matarse unos a otros cuando el centinela les hizo notar que el agua de los alrededores se había congelado. No titubearon ni un segundo, pues a la mente de todos acudió la misma idea: ¡De perdidos al río!
Aprovechando la ocasión se adentraron en la neblina que conducía al campamento enemigo para abalanzarse sobre ellos hechos un basilisco. Los estragos no fueron muchos porque, cuando les vieron salir de entre las tinieblas con un aspecto tan penoso, sintieron pavor de aquella aparición fantasmal que parecía surgida del mismísimo inframundo, tanto es así que huyeron en desbandada en dirección a los barcos abandonando su dotación militar y la mayoría, hasta la ropa. Una vez embarcados, entre el pánico y la helada, no podían maniobrar, así que se giraron las tornas produciéndose una victoria que media hora antes era impensable. Los protestantes, haciendo honor a su nombre, protestaban como nunca por su amarga suerte, el único que estuvo a la altura de las circunstancias fue su almirante quien, zozobrados él y su barco por el fuego que recibía de sus propios cañones, exhaló: «Después de esto no me queda más remedio que admitir que Dios es español»
Aquella victoria, obtenida un 8 de diciembre, ha pasado a la historia como el milagro de Empel y es el motivo por el cual este día celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción.